Relato Erótico: Parte Tres — Matteo y Yo en su Departamento
Ficción Erótica (+18)

Relato Erótico: Parte Tres — Matteo y Yo en su Departamento

14 de abril, 2025 15 min de lectura
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La lluvia no hizo más que intensificarse mientras caminábamos. Podríamos haber tomado un taxi, pero preferimos chapotear en el agua como dos niños bailando tap tal como en las películas antiguas, cumpliendo así un discreto anhelo de infancia.

Llegamos entre risas y cantos, empapados hasta el último hilo de ropa. Cada paso se sentía como una pequeña travesura, excitante aunque sucio a la vez a medida que íbamos dejando rastros de charcos por los pasillos bajo la mirada atónita de los conserjes.

Al entrar a su departamento, sentía el agua correr a través de mí, pero también me sentí empapada de él. Su aroma, su minimalismo y un estante repleto de libros fue lo primero que llamó mi atención, seguido de algunos cuadros con evidentes consignas políticas ilustradas por artistas locales. Todo lo que percibía de este lugar estaba teñido con su impronta personal. Me sentí maravillada por un momento y estoy casi segura que sonreía como una adolescente en su primera cita.

—Toma, usa esta toalla mientras tanto. Espérame aquí… —encendió el calefactor y se dirigió a su habitación con prisa.

Me sequé el cabello con intencionada tardanza mientras intentaba ordenar mis pensamientos, tratando de convencerme de que —efectivamente— había llegado hasta aquí. ¿Era esto lo que realmente deseaba?

Decidí peinar mi cabello utilizando solo mis dedos antes que el remolino en mi cabeza evaporara la última gota de cordura que me quedaba.

Mi vestido se adhería a mi cuerpo revelando cada curva de mi silueta. Ahora es cuando se supone que él debería estar aquí para contemplarlo. Sentí alivio de haber elegido el conjunto de lencería adecuado esta mañana. A veces tomo decisiones sorprendentemente acertadas.

Lo escucho trajinar desde su dormitorio, el sonido inconfundible de tela húmeda despegándose del cuerpo; por un instante tuve el impulso de ir a observar…

—Matteo, preferiría ducharme primero… —dije en voz alta, aún con cierta timidez en mi tono.

Sale de su dormitorio ahora vestido con pantalón de buzo y una camiseta holgada. Sin pronunciar palabra alguna, me entrega dos toallas y ropa limpia para luego dirigirse, bajo el mismo silencio contemplativo, al baño de su dormitorio a preparar la tina.

Su actitud repentinamente se tornó introspectiva, y sentí por un momento que invadía su espacio privado. Quería revocarlo, de alguna forma.

—Pasa, por aquí… —extiende su brazo indicándome el camino hacia el baño en suite a través del dormitorio. Aún goteando, entro a la habitación, también decorada con estilo minimalista en tonos beige. No pude evitar notar que dormía en una cama King con un imponente respaldo. Un detalle significativo.

—Cuando te quites la ropa, entrégamela para ponerla a secar… —dijo dándome la espalda con impoluta cortesía. El personaje aventado y algo travieso que suele interpretar se transforma ahora súbitamente en un caballero de impecable deferencia.

¿Sabrá él que jugar al hombre correcto es lo último que desearía en este momento?

—Sí, quédate aquí, te la entregaré enseguida —asentí con rapidez. Entré al baño y dejé la puerta entreabierta deliberadamente.

Me despojé de toda la ropa y envolví mi cuerpo húmedo con la toalla. Apilé ordenadamente mis prendas, dejando mi ropa íntima sobre el vestido, cual cereza del pastel y quedara lo más visible posible. Estaba ansiosa, preguntándome si este pequeño acto resultaría demasiado atrevido de mi parte, pero ignorando mis dudas, lo llamé para que se acercara.

Vino y me observó mientras le entregaba mis prendas empapadas. Me pareció ver cómo torcía el gesto, sin poder discernir si tal vez era por mi descaro o por el hecho de llevar solamente una toalla cubriendo mi cuerpo. Prefiero creer que ambas.

Solo sé que me miró fijamente un segundo y se llevó mi ropa entre suspiros y carraspeos. Después escuché el inconfundible sonido de un licor siendo descorchado y hielos cayendo sobre cristal. Me reconforta imaginar que estaría tan nervioso como yo. Quizás yo también necesite uno de esos.

Me introduje en la ducha y recibí el agua como corriente celestial. Poco a poco, el vapor emergente elevó la temperatura de mi cuerpo, el que no pude evitar abrazar y envolver en espuma, recorriendo con mis manos, lentamente, cada centímetro de mi piel. Ni todo el jabón presente podría limpiar los pensamientos indecorosos que he traído conmigo desde que le vi. La mera idea de unir su piel con la mía me invadió una fiebre indescriptible.

Sé perfectamente a qué vine. El agua caliente ha lavado mis dudas pero intensificado mi propósito. Emerjo de la ducha envuelta en vapor y decisión, envolviendo mi cabello con una toalla y rodeando mi figura con otra. Las prendas que me entregó permanecen intactas sobre el mueble—esta noche no serán necesarias.

Abandono el baño a pies descalzos, caminando sigilosamente para encontrarlo de espaldas en el sofá, cruzado de piernas, con el vaso en la mano y contemplando mi lencería tendida junto al calefactor. Su lenguaje corporal transmitía una seriedad e inmovilidad poco habituales en él.

Antes de que pudiera articular palabra alguna, rompe el silencio diciendo:

—Debo reconocer una vez más tu exquisito sentido del gusto —declaró señalando mi lencería sin apartar la vista, mientras bebía un sorbo de su trago.

—Lo elegí pensando en ti —solté de pronto, me pareció oírle atragantarse.

Con un leve carraspeo para aclarar su garganta, deja el vaso sobre la mesa central y permanece allí, contemplando el suelo con una sonrisa apenas perceptible.

—Ema, Ema, Ema… —Se incorpora repentinamente volteando hacia mí abriendo los ojos de par en par, presumo ahora, que al verme solo en toalla.

Con el corazón acelerado, inmóvil e incluso algo intimidada, mantengo mi mirada fija en sus ojos mientras se aproxima lentamente hacia mí y comienza a acariciar mi mejilla — ¿Tienes idea de lo cautivante que resulta tu franqueza?

—Aún falta lo mejor.

—Muéstrame —susurra con voz grave.

Desato el nudo que sostiene mi toalla y la dejo caer. El tiempo parece detenerse en ese instante.

Sus ojos recorren mi desnudez con asombro. Un sonido gutural escapa de su garganta, marcando el fin de las contemplaciones y el inicio de lo inevitable. Todo lo que ocurre después se desarrolla de manera surreal.

Se abalanza sobre mí como una bestia; comienza tomándome por la cintura, acercando mi cuerpo al suyo, y sin preámbulos, sus labios encuentran los míos con urgencia. Todo se siente caótico, impredecible, real. Cierro mis ojos y me entrego por completo.

La toalla que envolvía mi cabello también cae debido al encuentro de nuestros cuerpos.

Con el cabello desordenado y libre, siento cómo mis mejillas gradualmente adquieren rubor. El calor que emanaba dentro mío surgió antes de lo esperado. No puedo evitar jadear al separar mi lengua de la suya.

Me coloca de espaldas contra él, instintivamente extiendo mis brazos hacia arriba en señal de rendición para que me manoseara como se le antoje. Recorre con su lengua desde el lóbulo de la oreja hacia el cuello mientras amasa mis pechos compulsivamente. Creo que incluso mordisqueó parte de mi cuello pues me estremecí levemente.

Tómame—logro articular lo que había imaginado decirle todo este tiempo.

Mis palabras parecen desatar algo primigenio en él; sus manos se vuelven más firmes agarrando mis pechos firmemente, mientras frotaba su miembro por la ranura de mi trasero con una intensidad que resonaba en cada fibra de mi ser. Lo sentía duro, firme, agresivo — su presencia se siente dominante, decidida, como una fuerza de la naturaleza que no solicita permiso sino que simplemente existe en su plenitud absoluta.

Sentí sus manos y boca sedientas recorrer mi silueta como si esculpiera cada rincón de mí con dedicación artística. Metió sus dedos en mi vulva, y con la otra mano tapó mi boca; la forma en que decidió controlar mis jadeos me encendió mucho más.

Estoy completamente a su merced. Nunca imaginé que alguien con esa personalidad, en apariencia tranquila, mostrara tal fervor.

Mi cuerpo responde con inmediatez. No tardé en humedecerme. Comienzo a emitir sonidos ahogados mientras él mantiene su ritmo implacable punzándome por la retaguardia. Retira su mano de mi sexo para mostrarme cómo es que me trae con tan poco.

—Así te quiero ver, jugosita —murmura, llevándose los dedos a la boca para saborear mi esencia. Cierra los ojos con deleite para después susurrarme al oído:

—Deliciosa—relame sus dedos.

Jadeo profundamente, casi abrumada por la sensación. Todo mi cuerpo arde por él. Sonrío y busco sus labios nuevamente mientras mi mano desciende lentamente por su abdomen hasta alcanzar su entrepierna y una evidente excitación por encima de la ropa; la acaricio suavemente, notando la humedad que ha traspasado la tela. Trazo círculos delicados con mi pulgar.

—¿Puedo probarte? —pregunto con fingida inocencia.

Él solo asiente con mirada perversa.

Me arrodillo frente a él. Bajo su pantalón para encontrarme con su masculinidad completamente erguida, de la que colgaba una hilacha de líquido seminal. Tomo parte del líquido para lubricarle llevándome a la boca el excedente.

Me tomo mi tiempo para inhalar su aroma, desde la punta hasta la base, cerrando mis ojos mientras mis uñas recorren suavemente sus muslos. Abro los ojos para encontrarme con su mirada.

—Me encanta tu aroma —confieso; él responde con una expresión de evidente satisfacción, mientras tomo con mi mano su humedecido miembro, iniciando un movimiento rítmico y gradual.

Inicio con suaves besos en la punta que se extienden gradualmente por toda su extensión para luego trazar un camino ascendente con mi lengua hasta la base. Juego con la base un poco más, notando cómo se intensifica su reacción. Degusto su glande con deliberada lentitud, como quien saborea un elixir prohibido, arrancándole un suspiro apenas contenido.

Dibujo círculos alrededor de su contorno antes de recibirlo por completo en mi boca, creando un sello perfecto con mis labios. Nuestros gemidos se entrelazan en el aire mientras siento cómo todo su ser vibra dentro de mí. Hago una pausa para contemplar su rostro; su cabeza reposa hacia atrás en abandono, pero al notar mi interrupción, sus párpados se abren como quien emerge de las profundidades de un sueño, fijando en mí una mirada donde se entremezclan el desconcierto y el deseo irrefrenable.

—¿Te gusta? —susurro con voz seductora.

—Mira cómo me tienes —murmura humedeciéndose los labios.

Continúo con mayor intensidad, mi lengua explorando cada centímetro, dando vueltas alrededor de él. Su sabor resulta peculiar, una mezcla de dulce y agraz. Los sonidos húmedos que emanan del choque entre su sexo y mi boca llenan la habitación mientras él solo se entrega al placer.

Hasta que, entre respiración entrecortada y una sonrisa, me detiene suavemente.

—Si sigues así… —susurra con voz entrecortada. Se inclina para besarme en los labios, mezclando nuestros sabores. Con delicada urgencia, entrelaza sus dedos con los míos y me guía hacia su dormitorio.

En el breve trayecto, se despoja de su camiseta con un movimiento fluido, dejándola caer al suelo. El aire entre nuestros cuerpos desnudos parece cargado de electricidad, completamente desnudos, nos situamos frente a frente, contemplándonos mutuamente unos instantes—. Eres exactamente como te imaginé —confiesa.

—¿En serio? ¿Y cómo sería eso? —pregunto mientras apoyo mi pecho sobre el suyo, besando su cuello lentamente.

—Tentadora, inevitable, magnética —revela.

Un cumplido de elegante precisión. Quien solo ve mi exterior, apenas rasca la superficie. Quien sabe percibir mi interior y comprender cómo opero desde las sombras, sabrá interpretarme verdaderamente. He soñado con entregarle ese tributo a alguien.

Mientras habla, sus manos recorren mi cintura hasta posarse sobre mis nalgas, las estruja y acaricia con decisión para luego darme dos palmadas suaves; después sube a por mis pechos, juntándolos.

—También son tal como los soñé —restriega su rostro entre ellos, disfrutando del contacto. Emito un suspiro de satisfacción.

Me entrego a cada expresión auténtica de deseo, permitiendo que me consuma por completo.

Me atraían particularmente sus piernas; a pesar de no ser atlético, tenía extremidades fuertes y una figura bien proporcionada. Sus manos, grandes y ásperas, con algunos vellos dispersos, emanaban una fuerza contenida que me hacía fantasear con entregarme a su dominio. Sentía que con ellas podría transportarme a dimensiones de placer inexploradas, sostenerme y llevarme donde él quisiera.

Y como si hubiera leído mi anhelo silencioso—me toma en brazos con una decisión y me deposita sobre la cama con un ímpetu que hace estremecer tanto el colchón como mi expectante cuerpo.

Luego me acorrala para confesarme cara a cara, uniendo su respiración con la mía para revelarme sin reservas: —Desde que te vi he fantaseado con follarte salvajemente—

—¿Qué te detiene? —desafié con firmeza.

Esas palabras marcaron el inicio de una larga y volcánica noche.

Ema y el Señor M. — Completada
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