Relato Erótico: Parte Dos — Ema Se Reúne Con El Señor M.
Ficción Erótica (+18)

Relato Erótico: Parte Dos — Ema Se Reúne Con El Señor M.

14 de abril, 2025 12 min de lectura
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Eran casi las siete de la tarde. A pesar del cielo nublado que marcaba el inicio del otoño, una serena calidez envolvía el ambiente. Ema optó finalmente por una tenida discreta aunque llamativa. El vestido túnico verde oliva con amarres a la cintura y manga larga farol se ajustaba perfectamente a su figura. Lo combinó con unos botines marrones de líneas elegantes.

Ante todo, quería proyectar sobriedad, pero sin dar la impresión de haberse esmerado demasiado. A fin de cuentas, se trataba de una reunión académica.

Pero la ansiedad la consumía por dentro. Durante el trayecto ensayó algunas frases ingeniosas para iniciar la conversación. No podía evitar sentirse intimidada por este hombre.

Habían acordado encontrarse en la biblioteca de la prestigiosa Facultad de Humanidades, alma mater del Señor M, donde además ejercía la docencia.

Ema llega puntual, su reloj marca las 19 en punto; respira hondo y entra a la biblioteca. Tras unos pasos, visualiza a M, quien distraídamente examina unos libros que ha sacado del estante. Siente su pulso acelerarse al observarlo tan desprevenido, lo que le da tiempo para apreciar su refinada apariencia.

Su atuendo era casual: una cachemira azul marino que dejaba asomar una camisa blanca por fuera del pantalón. Llevaba unos jeans desgastados y completaba el conjunto con un bolso y botines color beige.

Ema se acerca marcando deliberadamente el sonido de sus tacones para anunciar su llegada. El Señor M la percibe y, sin prisas, cierra el libro que sostenía para dedicarle una poderosa sonrisa. Luego mira su reloj mientras se aproxima a ella con pausada y solemnemente.

—Muy puntual, señorita—

—¿Demasiado nerd, quizás?—

—Considerando a quienes tenemos en común…— responde con una sonrisa mordaz.— se detiene un momento para observarla de pies a cabeza —…aunque en tu caso, pasas inadvertida con todo ese glamour

¿Se habrá dado cuenta? —pensaba—

—Si me permites el cumplido, claro— rectifica adoptando una postura más formal.

—Cierto. Olvidaba que por aquí hay que pedir permiso para dar cumplidos— alude a la superioridad moral tan característica en el mundo de las humanidades.

—Oh, mejor no abrir esa puerta…— ríe con complicidad.

—Descuida. No creo en las funas… al menos no por galancete— murmura en voz baja. Por un instante no se reconoce a sí misma. No suele ser tan directa. Más tarde reflexionaría sobre por qué este hombre despertaba en ella cierta hostilidad, con o sin mayor provocación.

Tras un breve silencio, ambos ríen al ver cómo satirizan las formalidades, lo que ayuda a romper el hielo.

—No te recordaba tan ingeniosa. ¿Te parece si vamos primero al café de la facultad? Así podemos charlar un rato— propone él. Ema arquea ligeramente las cejas, sorprendida por la audacia de la propuesta.

—No veo por qué no— responde, disimulando su desconcierto.

Ambos parten hacia la cafetería.

Ya en el lugar, eligen una mesa junto a la ventana. Sentada frente a él y sosteniendo la carta del menú, Ema divaga sobre lo confuso de encontrarse allí con él. Habitualmente, cuando los hombres se le acercan, sus intenciones eran transparentes desde el principio, lo que le brindaba mayor seguridad y control sobre la situación.

Un golpe bajo para su manía de dominar cada aspecto de su vida: la actitud de este hombre resultaba impredecible y era difícil anticipar sus verdaderas intenciones.

—¿Pasa algo? Parece que te fuiste por un momento— comenta él con un matiz de preocupación.

—No, nada— balbucea desviando la mirada hacia la ventana. —Solo pensaba que tiene aspecto de llover y no traje nada para cubrirme— desvía hábilmente la atención.

—¿Y cuál es el problema? Podemos pasar por mi departamento, está a un par de cuadras, y te presto una chaqueta mientras te presto este intento de sweater, que no abriga nada, por cierto pero es algo— responde con naturalidad mientras sigue consultando el menú.

Ema enmudece, tragando en seco un par de veces. A pesar de haber imaginado momentos a solas con él, la realidad se vuelve mucho más intrincada cuando de pronto se encuentra a la vuelta de la esquina.

—Esperemos que no sea necesario— ríe con nerviosismo.

—Míralo por el lado positivo, así tendremos excusa para vernos nuevamente…— sonríe mientras hace un gesto a la camarera para ordenar.

El brillo en los ojos de Ema fue inminente.

—…además, no creo que terminemos todo hoy. Son ensayos bastante extensos— añade.

Pero el brillo se desvaneció con esa última frase. Tomaron el café y regresaron a la biblioteca.

Algo desanimada y con mayor claridad sobre su función instrumental en este vínculo académico, Ema y el Señor M se dirigen hacia una pequeña sala que arrendaron para intercambiar saberes bajo cierta privacidad. Cada paso estaba marcado por profundos conflictos internos sobre sus motivaciones: ¿Buscaba amor o simple deseo?

Una vez instalados en sus cubículos, el Señor M comienza a mostrarle su trabajo y a explicarle el registro idiomático que deberían utilizar. Ema lo escucha sin apartar la mirada, mientras apoya el mentón sobre uno de sus puños. Con la otra mano sostiene un lápiz que ocasionalmente lleva a sus labios de manera sugerente.

Esta demostración de sensualidad desconcierta el discurso del Señor M, quien aclara su garganta varias veces para no perder el hilo.

—¿Y? ¿Qué te parece?—

—Francamente, creo que tu inglés no tiene nada de malo— adopta una postura más profesional, reclinándose hacia atrás con los brazos cruzados.

—¿Con esta pronunciación?— replica en tono persuasivo.

—Es algo rudimentaria, pero más que suficiente para tu presentación. No creo que mi ayuda suponga gran diferencia— concluye con prudencia.

—Oh…— adopta una expresión abatida. Él tenía respuesta para todo, pero no para eso.

El Señor M parece decepcionado, como un niño al que le han pinchado el globo de repente.

Ema observa el desaliento causado, pero antes de dejarse invadir por la culpa y siguiendo sus instintos, opta por un movimiento osado.

—Quizás pueda ayudarte de otra manera…— acaricia suavemente la palma de su mano con la parte posterior del lápiz.

El Señor M queda perplejo, evidentemente sorprendido.

Ema, por primera vez, cree ver la fragilidad de este hombre, habitualmente bien disimulada tras una fachada de indiferencia. Experimenta cierta satisfacción al comprobar que su atrevimiento pondría a prueba ese juego de subterfugios académicos, obligándole a revelar sus verdaderas intenciones.

—Eso no lo vi venir— intenta aliviar la tensión con evasivas, sin ocultar su asombro.

—Sentí que alguien debía hacerlo— responde encogiéndose de hombros, con un lenguaje corporal que denota impaciencia.

—¿Alguien?—

—Para reformularlo, ¿se justifica realmente que estemos aquí?—

El Señor M se siente cuestionado sobre su forma de abordarla. Comienza a rascarse la cabeza en señal de incomodidad mientras ordena sus ideas.

—¿Cuál es el problema de reunirnos en estas circunstancias?—

—Ninguno, pero ¿traduciendo textos?— interrumpe arqueando una ceja con incredulidad.

—Es una forma de acercamiento, ¿no?—

—Una poco convincente, diría yo— concluye con una mirada penetrante, sin parpadear durante unos segundos. —Considerando que resulta que sí dominas el inglés—

M solo frunce el ceño con perplejidad.

—El boletín cerca de la entrada de la biblioteca, ¿te suena?— Antes de entrar a la biblioteca se había topado con un aviso en el boletín informativo de la facultad donde figuraba el nombre del Señor M como colaborador y traductor activo de una editorial emergente. —Pensaba preguntártelo, pero ya que estamos en esto…—

M suspira con resignación aunque, lejos de sentirse avergonzado, parece estimulado por la situación. —¿Quién carajo se detiene a leer el boletín?— ríe.

—Fue fortuito, en realidad—

—Ya veo— hace una pausa. —Esta situación parece algo fortuita, ¿no crees?— su desfachatez comienza a explicitarse de manera gradual.

—¿Lo es?—

—Estar contigo lo es—

—Te gusta jugar— le mira con cierta hostilidad. La tensión aumenta. De pronto, comienza a llover intensamente. Desde las ventanas de la biblioteca se aprecia cómo caen goterones a contraluz, añadiendo un matiz tragicómico a la escena.

—¿Dónde he visto esto antes?— comenta sin apartar la mirada de la ventana.

También sin quitar la vista sobre la ventana —En películas gringas, seguramente. Aunque también es un recurso estilístico afín a momentos dramáticos utilizado ampliamente por la mayoría de los cineastas—

Volviendo su mirada hacia ella —Oye, nerd-sabelotodo, ¿sirve de algo decir que si decides marcharte indignada, saldré a buscarte para discutir bajo la lluvia, a lo The Notebook y todo eso?— se detiene para observar su reacción.

—No la he visto—

M suelta una amplia carcajada. A Ema le parece una escena cautivante de ver; su risa es tan contagiosa que lo acompaña por unos segundos.

De nuevo otra pausa.

—Te dije que llovería— suspira con fingida modestia.

—Ya sabes, la invitación sigue en pie…— desvía nuevamente la mirada hacia la ventana.

Suelta una risa incrédula —¿Aún persiste la idea de que vayamos a tu departamento?—

Él solo pone los ojos en blanco, como aceptando su recelo y, en un intento conciliador, revela —Sería desconsiderado de mi parte exponerte a un resfriado con esta lluvia y… con ese vestido—

Ema lo mira con desconfianza.

—…y puedes burlarte cuanto quieras de mi torpe galantería— cerró todos sus libros y carpetas repletas de papeles.

—Tú siendo paternalista, vaya novedad— se burla. —Con razón llueve…— señala con un gesto de agradecimiento al cielo.

—Sí, sí. Gracias a ella podré verte empapada— comenta mientras continúa guardando documentos en su bolso.

De inmediato, su sonrisa burlona desaparece. Puede sentir cómo la sangre fluye por sus venas —No seré la única— responde con la misma ambigüedad.

Matteo, con su bolso ya preparado, le indica la salida de la biblioteca con un gesto —Después de ti—

Ema sonríe, consciente de que no es un hombre tradicionalmente galante, aunque gestos como este, lejos de disgustarle, le resultan sumamente estimulantes.

—Vamos— articula esta vez con un tono meloso. Al parecer, él sabe cómo desarmarla.

Continúa en Parte 3.

Ema y el Señor M. — Parte II de 3
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