Verano del año siguiente. Han ocurrido varias desventuras en mi vida. Amor y desamor en cantidades ecuánimes. Hace un par de meses que dejé de tener citas con hombres, y mi tranquilidad mejoró sustancialmente. Me enfoqué en proyectos personales y una vida social activa. Mismo desengaño que permite que funcione a diario. Aunque no es infalible. Hay noches en las que necesito el contacto de la piel. Puedo vivir razonablemente tocándome a diario. Parpadeos rojizos en plena oscuridad. Sé perfectamente dónde están mis grises y qué teclas utilizar. La verdad sea dicha, suelo experimentar mayor placer a solas. Sin embargo, mentiría si dijera que no profeso añoranza en la intimidad. Intimidad forjada en sudor y lágrimas. Insondable como el misterio del tiempo. Cosa que, pese a los obstáculos, he aprendido a no desistir. Me quedé más años de los necesarios en mi última relación formal, flotando en una nube y que para cuando por fin me animé a bajar, encontré un mundo distinto al que dejé. Como si llegara de otra época, aprendí que la gente de mi edad prescinde completamente del amor romántico.
Y no es que se les pueda culpar realmente. Tuve que volver al esfuerzo de ver y leer dinámicas vinculares modernistas. Absorber de manera casi compulsiva todo lo que pueda sobre estos temas. El hacerlo trajo alivio a mi alma aunque desconsuelo a la vez, no solo hacia mis circunstancias socioculturales y las de mis congéneres, sino que también hacia la de los propios hombres. Eso fue novedoso. De alguna forma, me alegra que como consecuencia natural me haya acercado más a ellos. Hubo una época en la que llegué a despreciarlos. Puede que incluso sea parte de una etapa, y lo mismo a la inversa, pero lo peligroso es no salir de ella a tiempo. El desprecio no lleva a ningún lado, eso está claro, no es provechoso para nadie.
Creo que el día en que les di tregua—quizás demasiado permisiva, considerando que el mundo y sus reglas fueron creadas bajo su yugo—fue al comprender un poco más dónde se funda lo que conocemos el romanticismo o, mejor dicho, el amor cortés. Me incluyo en esa maraña de mantener ciertas ilusiones intactas; una de ellas, que el amor romántico ha sido propio de lo 'femenino', cuando realmente no es así. En mis conversaciones imaginarias a veces me desboco pensando que las mujeres, en su mayoría, tenemos ideas mucho más pragmáticas sobre la autopreservación—llámalo instinto, socialización o simple supervivencia. Y esas ideas raramente coinciden con el amor, ese amor romántico idealizado. Sin embargo, este lío mental siempre termina girando en torno a los hombres—porque, a pesar de todo, me gusta hablar de ellos, aunque con los años, mientras mi fe en el amor decae, mi heterosexualidad permanece inalterada. Qué curioso. Y claro que me permitiré hablar en términos binarios si de tiempos pasados me voy a referir.
No es novedad para nadie el rol histórico de perseguidor asignado a cierta identidad sexual en materia amorosa y reproductiva. La necesidad encuentra sus formas, algunas raudas y ciertamente creativas. Recuerdo esta charla sobre cómo el amor cortés surgió en la Europa medieval del siglo XII, en Provenza, donde los trovadores —jóvenes de origen humilde, privados de recursos y posición social— competían con hombres que sí gozaban de títulos nobiliarios o pertenecían directamente a la realeza. Estos poetas-músicos, desfavorecidos en el amor, desarrollaron códigos específicos donde el caballero servía a una dama inalcanzable, altamente cotizada por otros hombres y casada con un señor feudal de mayor rango. ¿Por qué es siempre el hombre adinerado y de influencia —quien no cree en el amor— el que se sitúa en contraposición al hombre humilde y desposeído que sí cree en él? Nunca ha sido una contienda justa. El primero se hacía acreedor de las principales elecciones de la época, acaparando a las mujeres más cortejadas. No era absurdo que se normalizaran los harenes, ni se puede culpar a estas mujeres: entre estar en un palacio o en la calle, elegir el primero les aseguraba recursos y protección.
Si nos remitimos a las crónicas bíblicas, como se describe en 1 Reyes 11:3 en el contexto de la monarquía de Israel, se estima que Salomón desposó a setecientas mujeres y convivió con doscientas concubinas. Como en otras monarquías antiguas, estos matrimonios funcionaban principalmente como alianzas diplomáticas con reinos vecinos. Lo que significa que habría al menos novecientos hombres corroídos por la envidia hacia Salomón. Si un hombre común no podía convencer a una mujer de que tenía algo especial e intangible que el Rey no poseía, no había forma de que pudiera procrearse. Al final, todo se reduce a sobrevivir dentro de las dinámicas de una realidad profundamente despiadada.
De nuevo, otro juego de poder. Y en la actualidad, entre el siglo anterior y este, por un lado, encontramos a quienes desde una posición de desventaja desarrollan resentimiento hacia las mujeres y sus circunstancias —conocidos hoy como «incels»—; por otro lado, están quienes buscan prevalecer en esta competencia esforzándose al máximo, aunque esto implique sacrificarse en estrés e hiperfuncionalismo. Si el problema del primero es el perpetuo auto-victimismo, el problema del segundo es una inminente frialdad y visión instrumental hacia las mujeres. Probablemente ambos enfoques coqueteen con la misoginia en cierto modo. Y hasta este punto puedo jurar que era feliz no sabiendo ciertas cosas. Un aspecto crucial a considerar es que estas consecuencias derivan de un mundo concebido bajo la hegemonía masculina, diseñado para la competencia entre hombres.
Un ejemplo de esta manifestación injusta para algunos es la, infame por estos días, hipergamia femenina, la que sigue existiendo como consecuencia natural como mecanismo de selección. Y es que ¿realmente es tanto lo que hemos evolucionado con los años? Este patrón, lejos de ser una elección consciente o calculada, responde a imperativos relacionados con la supervivencia y la protección de la descendencia, dirían los evolucionistas, algo así como: la selección de pareja ha sido fundamental en el desarrollo de nuestra especie y la complejidad de nuestros comportamientos sociales. Si las mujeres no tuvieran poder de selección, probablemente aún todos estaríamos colgando de un árbol. Lo que no incluye, por supuesto, que todas las mujeres sigan este patrón, y que los contextos socioeconómicos modernos han transformado significativamente estas dinámicas tradicionales. No obstante, el romanticismo no fue creado por mujeres, sino más bien como consecuencia natural para hackear la famosa selección natural.
Y estas dinámicas ancestrales encuentran hoy su manifestación más cruda en el mundo digital. El famoso 80%-20% del que tanto se habla online: el 80% de las mujeres concentrando su atención en apenas el 20% de los hombres. Las razones exudan a Salomón por completo. Las apps de citas han digitalizado lo que ocurría en cortes medievales y palacios antiguos: una competencia feroz por recursos limitados donde unos pocos acumulan lo que muchos desean. La diferencia es que ahora tenemos datos que cristalizan lo que antes era intuición. Estudios recientes confirman esta concentración extrema: apenas el 1% de los hombres recibe más del 16% de toda la atención, perpetuando digitalmente las mismas dinámicas de poder sexual que han existido por siglos.
Sin embargo, habiendo comprendido todo esto, debo admitir que la vacuidad del estatus salomónico me parece peligrosa, y no soporto la frivolidad. Los hombres de mi edad parecen haber abandonado la ilusión, o más probable aún, ya no encuentran energías para gestos en nuevas relaciones. Algunos ya lo hicieron de jóvenes, cuando había idealismo, y uno o dos desamores bastaron para endurecer su espíritu. ¿Será que a esta edad solo se mira hacia adelante con apuro, aunque conlleve funcionar en piloto automático?, dejando de lado los esmeros y detalles del amor cortés. Ya sea por algo cultural o biológico, he visto cómo quienes han ascendido en la escala social aprenden a creer que el estilo de vida impera sobre el corazón. El sueño de la razón produce monstruos, decía Goya, y cuando esta se divorcia del corazón, te convido al temblor.
A pesar de que el «romance» (amor cortés) se haya gestado históricamente desde la competitividad masculina, esto no invalida la autenticidad de los sentimientos que emergen en el proceso. El reconocimiento de estas dinámicas históricas nos permite, paradójicamente, liberarnos de ellas. Un hombre es lo más bello de contemplar cuando se encuentra a sí mismo en completa fragilidad. Esta vulnerabilidad exquisita representa quizás la forma más auténtica del romance: aquella que conoce su historia pero elige crear algo nuevo. Lo más probable es que un amor sincero nunca sea para timoratos. Y a veces prefiero creer en eso. Una existencia sin la experiencia de un amor y el deseo entrañable probablemente carezca de verdadero valor. Esta verdad trasciende las pomposas riquezas de Salomón y sus incontables consortes: algo que ningún rey con mil esposas podrá jamás experimentar. Salomón, al final, nada.