Monólogo de una Abeja Reina
Relato / Monólogo interior

Monólogo de una Abeja Reina

12 de diciembre, 2023 7 min de lectura
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Es de noche y, como ya es costumbre, enciendo la cámara para iniciar una nueva jornada. De día, vivo mi farsa como madre y funcionaria de irreprochable conducta en el congreso. Pero es aquí, en los espacios virtuales de la obscenidad, donde puedo ir y venir siendo una más por todo el entramado de voces y cuerpos, como si nunca hubiera pertenecido a otro lado.

Los hombres me pagan por exhibir conductas inmorales: podríamos decir que son la mano de obra en este panal ficticio; en el que soy la abeja reina y ellos quienes glorifican mis desvelos. Nunca supe realmente cómo fue que empezó todo, solo entiendo que no hay manera de que vuelva, a la que fue, mi aburrida vida marital. Mi marido solía teorizar sobre el claroscuro de mis motivaciones. Que en el fondo de mí yace un contenedor de malicia, de solapada figura revestida de etiqueta y buenas costumbres. Lástima que no vivió lo suficiente para verificarlo. Al menos sé que estaría orgulloso de que ahora pudiera ser quien soy, aunque sea desde la clandestinidad.

El reloj marca las 23:45. Hace frío en el barrio alto de Santiago. El silencio de la precordillera es sepulcral; demasiado discreto para el porte de mis indiscreciones. No es novedad que me hastíe este lugar. Nunca he terminado de digerir esa fobia hacia la chimuchina. La batahola citadina debe ser lo más cercano a un panal en la vida real, solo que con reales obreros; cada cual con sus respectivas abejas reinas. Lo cierto es que no me importa sonar como desclasada al preferir la picardía del barriobajero antes que la incestuosa predilección de mi sector sociopolítico.

Antifaz, maquillaje y peluca listos. Todo está donde tiene que estar. Arneses y pezoneras me acompañan en esta ocasión. Mis abejorros virtuales no tardan en aparecer; reviso la lista de personas que van entrando al chat a ver si aparece él. El usuario: Vicente73.

Nuestras interacciones han sido escasas, no por ello menos significativas. Una gran reducción de fondo y formas, que tan solo serán letras tras una pantalla, pero lo sutil se esconde en el decoro de sus formas. Una sensación de familiaridad en cómo me interpela; tímidamente, aun cuando un agente de latente perversidad pareciera alojarse en el fondo. Los hombres así me despiertan toda clase de morbo aunque profunda nostalgia. De pronto, me llegan visiones de un afuerino buscando paliar la soledad que produce experimentar la indecencia. Me gusta refugiarme en la idea que ambos nos acompañamos desde las sombras en nuestra desviación por las normas. Quizás esté delirando más de la cuenta. Aunque no sería quién soy si ignorara la cualidad intrusiva de mis fantasías.

Prendo el aro de luz. Coloco música chilena, de mis años dorados, para darle personalidad al ambiente. Dejo que suene de fondo mientras le hablo a mi audiencia esperando a que el panal se llene antes de comenzar el espectáculo.

El látex refleja los neones de la habitación; poco a poco la atmósfera coge un matiz acalorado. Me piden ponerme de pie; lentamente cedo frente al llamado desvergonzado de quienes demandan porciones de mí. Es en ese momento cuando veo a Vicente73 unirse al chat.

Las prendas comienzan a liberarse ante la mirada impúdica de los allí presentes. El sonido que emiten una a una al caer me eriza la piel. Cuántas veces lo habré hecho ya; en cada ocasión aparece el mismo fervor debutante. Últimamente me da por recordar las palabras del santero que me leyó la suerte de joven. Naciste para ser meretriz, muchacha. Tantas veces me reí del asunto sin dimensionar lo que vendría después. Una contrariada revelación: el cuerpo desnudo no es ni más ni menos excitante que el vestido. La falta de visión sobre la desnudez no me permitía ver que trasciende a cuerpos danzantes quedando al descubierto; más bien semeja un viaje de profunda redención hacia los recovecos del alma. Lo estimulante se condice a las verdaderas inclinaciones. No existe quien no posea un «Lado B». Por eso es fácil reconocer a alguien por cómo se desviste, pero también por cómo elige vestirse. Desconfío infinitamente más de los cuello y corbata, esos con los que me codeo a diario, que los que van con tacones, labial y enseñando el culo por la vida.

Solo quedan dos piezas restantes. Siempre que me sumerjo en el trance de la desnudez, pienso en cómo sería que la cuna en la que fui gestada, la más conservadora del país, se enteraran de quién soy en realidad. No será esta noche que opte por brindarles escarmiento. Ya quisiera ser tan audaz como me creo. O quién sabe, tal vez…

Levanto los tirantes deslizándolos con mis pulgares hacia el costado, liberando las ataduras que aprisionan la piel. Mis pechos quedan únicamente embozados por pezoneras color carmesí. Cuelgan como dos nabos alargados. Juego con ellos para la cámara. La contemplación ajena ya no me asusta. Cada huella en mi cuerpo devela historia y tormento. Las marcas de estrías sobre la piel; los pechos abatidos después de lactar; el vientre que nunca recuperó su elasticidad; lejos de quebrantar mi espíritu, no consiguen más que exaltar la gratitud de haber nacido en este cuerpo.

A pesar de haber engendrado a dos, maternar es una condición; ser mujer, en cambio, es honrar la influencia poseyente sobre el mundo; comprender los cuándos y dóndes. Como una silente prerrogativa de nacimiento. Es el magnetismo de fábrica por el cual se han iniciado y terminado guerras. El ir de frente por opción. Y esa engañosa inocuidad por la que nadie se atrevería alzar una ceja de incredulidad. Tengo compañeros del rubro que matarían por todo esto. Y estoy casi segura de que mi marido detestó vivir como hombre hasta el último de sus días. Es por eso que rezo por su alma, para que en la siguiente vida le toque el premio mayor.

Las propinas virtuales entran en escena; mis abejorros, leales como siempre, sucumben ante el vaivén de unas caderas y sus movimientos ondulantes. Una sonrisa oscura se dibuja por mi rostro. «Las mujeres no dimensionan el tremendo poder que tienen», solía decir mi terapeuta. Y puede que recién a mis 46 lo entienda, aunque me molesta que quien no ha vivido como tal sea el que lo diga. Todo parece tan fácil hasta que deja de serlo. Parecieran muchas las vidas que tuve que terminar y volver a vivir. Ya milité y luché por causas sin llegar a nada, ya lancé piedras y escupos al lugar donde ahora trabajo. Ya me vendí, me casé, engendré, enviudé. ¿Y ahora?

En ese momento, y de manera abrupta, me llega un mensaje por interno solicitando un privado. Es de Vicente73:

—Acepta mi privado, te conviene. Ya sé quién eres—, declara.

—No, esta soy yo —Remuevo el antifaz.

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