El Señor del carro solo quiere una audiencia. Deambulante de zonas atochadas por citadinos apresurados, convive con la fauna urbana a orillas del río Mapocho. Nunca se le ha visto de día. Su esplendor aparece cada tanto por el gran telón del Parque Forestal entre las 3 y 4 de la madrugada.
Entonces comienza su acto, desplegando su imaginario mediante estridencias ininteligibles y sonsonetes enrevesados. Los que habitamos el barrio, en vela o reposo, funcionamos como público fantasma guarecidos bajo nuestros privilegiados techos, mirando con o sin discreción a través de la ventana mientras el señor del carro continúa su monólogo encriptado en jerigonzas unilaterales.
Cada balbuceo hace preguntarse si es él quien clama por no poseer el sentido de la escucha o simplemente busca una audiencia que le escuche. Es la conexión invisible que une su mundo con el nuestro, tan alienígena entre luces que se miran.